Como sucede al finalizar
cada año, los deseos manifiestos entre amigos, familiares y compañeros de
trabajo, es que haya muchos éxitos económicos, laborales, más salud,
menos
deudas, más viajes, etc., en pocas palabras siempre deseamos más prosperidad.
Sin embargo, leyendo la vida y obra de Confucio, sabio filosofo chino, cuyo
verdadero nombre fue Kung Fu Tzu, me animé traer a colación este tema por dos
razones en particular.
La primera porque para aquellos que tenemos fe,
entendemos que la verdadera prosperidad que esperamos y que al mismo tiempo,
debemos ofrecer a los demás, es la prosperidad espiritual, pues es sana, pura,
bien intencionada, limpia incondicional
y desprendida de cualquier intención materialista, solo pretende abrir el
corazón de la humanidad para que vivamos en un mundo más justo, más equitativo,
menos violento y más bondadoso. Este es verdaderamente el espíritu que debería
moverse para la época de navidad y especialmente, para el cambio anual de
calendario.
Obviamente, Confucio
habiendo nacido por allá en el año 500 antes de Cristo, no pensaba en el tema
como un momento de recogimiento o celebración. Todo lo contrario, para él era
una forma de vida que enseñaba no solo a sus discípulos, sino también a
políticos, profesores y funcionarios públicos de su China natal. Manifestaba
reiteradamente el maestro Kung Fu Tzu, que la educación que debía ofrecerse a
la población, debería ser enfocada y orientada a fortalecer las virtudes de las
personas, que todo lo que necesitaba una sociedad para vivir en armonía
era precisamente cultivar las virtudes
de las personas; es decir, inculcarle al individuo desde su casa y
posteriormente desde la escuela, una educación dirigida al bien; es decir,
inculcar desde las aulas no hacer el mal, poner las capacidades del individuo
al servicio de los demás, aprender a no robar, no juzgar, no mentir, ser
bondadoso, etc., llegó a afirmar que no se puede hablar de prosperidad si
existe corrupción.
Aunque no pretendo comparar
a Jesucristo con Confucio, pues no hay punto de comparación dada la
singularidad del primero, me parece oportuno resaltar como coinciden los
pensamientos de ellos en este sentido, hoy casi 2500 años después de Confucio y
poco más de 2000 años del ministerio de Jesús, las sociedades de todo el mundo,
con la complicidad de los gobiernos, no han entendido el mensaje, y siguen
buscando fórmulas salvadoras para la injusticia social. En nuestro país, por
más propagandas televisivas y periodísticas que nos hablen de “prosperidad para
todos”, durante los 365 días del año, seguimos siendo uno de los países más
corruptos del mundo.
Así que la pregunta que cabe hacer es:
Será que Confucio estaba
equivocado?
Será que Jesús también se equivocó?
O definitivamente es que estamos prosperando todos?

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