Plebiscito se define como un
procedimiento jurídico por el cual se somete a votación popular una ley o un
asunto de especial importancia para el Estado. Así que lo que usted va
a votar
es el acuerdo firmado en la Habana después de cuatro años de negociaciones entre
las comisiones del gobierno y de las FARC, cuyo propósito es que estos últimos
dejen las armas y los vejámenes contra la población civil, la insubordinación
institucional y se reintegren a la vida civil y política del país. Lo cual no
implica necesariamente que en adelante vayamos a vivir en paz. Digo esto último
en consideración al apellido de casada de la señora Colombia “Corrupción”, que
es el verdadero cáncer nacional y que por desgracia seguirá imperando en la
política.
Ahora bien, como los guerrilleros de las FARC dejan de ser esto
último para convertirse en políticos, pues ahora no solo vamos a tener ladrones
de cuello blanco por un lado y
camuflados por el otro, sino que estos últimos cambiaran de traje y
operarán conforme tanto a su nueva vestidura como investidura. Mientras tanto,
usted, yo y el pueblo en general seguiremos sometidos a otros 52 años (los de
las FARC) de lo mismo, solo que ya no desde dos bandos sino de uno solo.
Personalmente me encuentro
en una verdadera encrucijada respecto a mi voto, pues aún no tengo claro que
voy a hacer. En primer lugar, aunque quisiera abstenerme debido a que no confío
en lo acordado por estas dos bandas, perdón bandos, esta actitud pasiva no me
garantiza que algo vaya a cambiar, pues independientemente de que tan grande
sea la abstención, ganará el Si o el No, y creo que más que un deber, es una
obligación moral participar en tal decisión.
Aunque a veces me inclino
por el Sí, me molesta la manera como Santos ha manejado el tema de la
negociación, en especial su maquiavélica capacidad para untar mermelada a
diestra y siniestra, sin respetar ni siquiera sus misma posición frente al
tema. Eso no me da ninguna tranquilidad y por el contrario me genera
incertidumbre y mucha desconfianza sobre lo convenido entre las partes y lo que
realmente cada una de ellas pueda cumplir.
Tampoco me tranquiliza que nos vendan la idea que lo que se está
negociando es la paz, pues para nadie es un secreto que aún tenemos guerrilla
del ELN y que es muy probable que uno o más frentes de las FARC no se
desmovilicen, como ya lo han anunciado algunos de sus jefes. Incluso se sabe
por experiencias internacionales que un porcentaje considerable de los
guerrilleros no se incorporarán a la sociedad y seguirán en su actuar
delictivo. Lo anterior permite deducir que la permanencia y continuidad de
guerrilleros en nuestro país es altamente probable, y obviamente hablar de paz
sigue siendo un sofisma de distracción.
La última opción es votar
por el No, pero me queda el sinsabor de estarle dando la razón a Uribe, pues
tampoco tiene el juicio absoluto para quitarle la ilusión a un país tan sufrido
y con tanto anhelo por cambiar su historia. No obstante, si me pongo en la
posición de los más de 8 millones de víctimas por secuestro, extorsión,
desaparición forzada, homicidios o cualquier otra clase de oprobios sufridos,
me da coraje tener que ver a los causantes de tanta desventura, sentados en el
congreso de la república, ganándose una millonada mensual, mientras miles de
los campesinos que fueron forzados a aumentar los cordones de miseria de las
ciudades se mueren de hambre abandonados por un estado que fue incapaz de
defenderlos. Peor humillación aun, ver todos estos personajes en vallas
publicitarias como ilustres candidatos a alcaldías, gobernaciones o a la misma
presidencia. Ese cuento de perdón y olvido solo para los que perdieron no debe
ser nada fácil. Por eso mi votación sigue siendo una encrucijada.

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