LA CORRUPCION SOLO LA TUMBA LA EDUCACION


Una nueva radiografía nos deja ver que la enfermedad está tan avanzada que la mayoría de sus células están invadidas y se han propagado prácticamente a todos los órganos que componen ese gran cuerpo llamado Colombia.
Si bien este cuerpo está sustentado por lo público y lo privado, y al parecer ambas partes padecen el cáncer, el diagnóstico más reciente indica que lo público, en especial los órganos legislativo, ejecutivo y  judicial, presentan  unas estructuras altamente afectadas y carcomidas.
La noticia no es muy alentadora, pues algunos de los miembros de este organismo, encargados por su naturaleza pública de contrarrestar el mal y ejercer como anticuerpos, tales como las contralorías y procuradurías, hace rato fueron contaminados y se encuentran en condiciones similares. De acuerdo con ese dramático parte médico, aunque no sorpresivo, el pueblo colombiano debe buscar con ahínco y de manera categórica, la cura para acabar con esta terrible enfermedad que se encarnó hace muchos años en su seno, especialmente en el sector público.

Con base en esta realidad, es imperativo atacar sin consideración el mal y tratar de eliminarlo. No podemos seguir siendo espectadores de nuestra propia decadencia social y muerte económica. Erradicar definitivamente la corrupción y de manera inmediata, es la única vía para devolverle la ilusión a un país que continua mirando impávido como sus políticos, jueces, autoridades, contratistas, interventores y personas sin ningún principio ético se lo reparten inescrupulosamente.
Existen un sinnúmero de estudios, notas periodísticas, análisis, informes de entidades públicas y privadas, de la ONU, Cepal, BID y ONG´s como transparencia internacional, que hablan de la misma problemática y encienden alarmas pero se limitan a cuantificar y cualificar la causa de la corrupción, pero de ahí no pasan. Bien, creo que todo lo demás que se pueda decir al respecto sería retorico e innecesario.

Yo creo que lo que se requiere en este momento es proponer soluciones sensatas, racionales y por supuesto viables, que nos den una luz a mediano o largo plazo de cómo acabar la corrupción. Considero igualmente que las políticas actuales y algunos intentos esporádicos orientados a este propósito no han sido suficientes y por el contrario, parecen ser ineficientes. Me refiero explícitamente a poner más leyes, aumentar las penas y fomentar más organismos de control y veedurías. Aunque estoy de acuerdo que es mejor hacer algo que nada, hay que ser objetivos y reconocer que no dejan de ser paliativos ambiguos e ineficaces.

Estoy absolutamente seguro que la mejor manera de enfrentar esta nefasta realidad es con educación. Inculcar desde la escuela primaria y a través del bachillerato y la universidad valores como el sentido de pertenencia, el respeto, la tolerancia, la equidad, la libertad, la solidaridad, el compromiso, la honestidad, la lealtad y la responsabilidad, que reflejen el comportamiento del ser humano, basado en principios e ideas fundamentales orientadas a tener una conducta considerada deseable, tales como moralidad, eficacia, eficiencia, buena fe, participación, ética, transparencia, etc., que les permita a estas nuevas generaciones vivir en cualquier tiempo y lugar. Puede parecer un tanto largo en el tiempo, pero no lo es. En 20 años tendremos una nueva generación de jóvenes Colombianos llenos de valores, preparados y formados laboralmente para asumir las riendas de una nueva Colombia dispuesta a no dejarse contagiar por los genes dañinos y malignos de sus antepasados.

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