Hemos visto desfilar tantos
presidentes como años tenemos cada uno de nosotros. Algunos pueden remontarse a
Turbay Ayala, Virgilio Barco, Misael Pastrana, Belisario Betancur, o mucho
antes, pero las generaciones más nuevas pueden dar
testimonio de las
ejecuciones de Gaviria, Samper, Pastrana, Uribe y Santos. No necesitamos una
lupa para mirar lo que ha sucedido con estos personajes, que como en pasarela
de modas, siguen perpetuándose en el “modelaje político” como si fuesen
irremplazables, imprescindibles o hubiesen sido muy buenos gestores.
Quiero pensar que el afán de
cada uno de ellos por ocupar tan alta distinción, obedeció a un sincero gesto
de amor y sacrificio por el país, para lo cual pusieron toda su inteligencia, destrezas y capacidades
al servicio del pueblo, y no por el
contrario, que buscaron tal distinción, por alcanzar fama y riqueza, como se
percibe en el ambiente de sus dirigidos.
Probablemente, estas
distinguidísimas y excepcionales figuras públicas, hayan tenido la firme y noble intención de hacer las cosas
bien, aunque siempre cabrá la duda. Pero lo que si no tiene discusión, es que
en la ruta que emprenden para llegar a ocupar tan anhelado cargo, no solo
empiezan a trabajar con años de anticipación, sino que durante sus
campañas, desarrollan e implementan una
serie de estrategias, artimañas y componendas, non muy santas, que los
comprometen tanto, que al momento de su posesión, ya tienen repartido el poder
y empeñado más de medio país. Y es precisamente, ese abuso de poder, el que
trae sumergida no solo la sociedad, sino la economía en una grave crisis, que refleja la falta de
sensatez de los programas de gobierno, la ausencia de compromiso, la falta de
ética, de honestidad, equidad y disciplina, generada en una concentración de
poder que no produce beneficios, sino que por el contrario deslegitima un ejercicio que alienta de adentro hacia fuera,
una maraña de prácticas corruptas, que pasan
incluso muchas veces por encima de la legislación nacional, permitiendo
que los ladrones de cuello blanco regados por toda la geografía nacional y
perpetrados en sus correspondientes curules, roben en mayor proporción que los
grupos al margen de la ley.
En palabras de un oncólogo,
diríamos que este cáncer llamado CORRUPCIÓN, sigue “sacando patas” y cada vez
más, nos estrangula sin compasión. ¿Por qué razón, nosotros los millones de
electores, que padecemos tan monstruosa enfermedad no actuamos y luchamos
contra ella para aliviarnos de una vez por todas? ¿Hasta cuándo seguiremos impávidos e inermes,
viendo como el monstruo consume el país sin tomar ningún remedio? ¿Qué más debe
ocurrir para entender que hay una banda de políticos y politiqueros orquestada
por unos líderes deshonestos, que atrincherados desde su fortín o partido, dan ejemplo contrario a lo
que debería ser una clase política dirigente con principios y valores morales,
puestos al servicio de la comunidad que irónicamente los eligió?
El voto en blanco constituye
una alternativa seria y efectiva para todos aquellos que como yo, hemos visto
desfilar más de una docena de inquilinos por el palacio de Nariño, que en la
práctica, han resultado siniestros para el desarrollo económico y social de la
nación. Políticos que arrastrados por
mezquinos intereses personales, han llevado nuestra nación al caos, sin asomo
de un cambio positivo a mediano o largo
plazo. Que además, como decimos coloquialmente, de encima o de coima, ya nos
tienen listos a sus herederos para perpetrarse en el poder.
Así que abra los ojos,
¡venga quien venga, seguiremos lo mismo!
Utilizar este mecanismo
legal que tenemos, es una forma civilizada e inteligente de expresar como un
“grito democrático” que estamos hartos,
cansados de tanta mentira, abuso, engaño e incapacidad de nuestros dirigentes.
Es una manera de decir, que queremos erradicar la politiquería y la corrupción
de nuestro entorno, es una quimioterapia auto medicada, es cierto, pero
necesaria. Con la cual, solo queremos salvar a este moribundo paciente llamado
Colombia.
Recuerde que la culpa de
estar como estamos no es del gobernante que eligió, sino suya y mía, finalmente
el pueblo es quien elige y recibe las consecuencias de sus propias decisiones.

Comentarios