Ya lo dijo Confucio hace más
de 2500 años: “Nunca habrá prosperidad, mientras haya corrupción”. Pareciera
que no tiene nada que ver lo uno, con lo otro, pero sí y mucho.
Así que este
gobierno, que acuño como frase de campaña “la prosperidad para todos”, debe
entender que las minorías campesinas e indígenas, también son parte del todo. En
medio de esta crítica situación de orden público, suscitada por una serie de
protestas justificadas, es conveniente que nuestros dirigentes políticos y
autoridades tanto del orden regional como nacional, que son por demás, los
responsables paternos en buena parte de la corrupción, entiendan el valor que
tiene y representa ese simple, humilde y esforzado trabajador para todo el
andamiaje social del estado; aquellos hombres y mujeres, que con un rostro
ajado por las insolencias del clima, manos callosas y mirada desesperanzada,
que vive cual animal de monte, tímido y asustado, es el verdadero héroe del
país, aquel campesino que con su denodado esfuerzo y trabajo, lucha día a día,
para que usted señor político, empresario, empleado o desempleado, lleve el pan
a su boca y el de su familia.
Hablo con conocimiento de
causa, hay que vivir en el campo para ver de primera mano la tragedia que
representa la vida de un campesino y su familia. No se trata de que el gobierno
regale o reparta dádivas así porque así. Se trata de que el gobierno lo
entienda como una estrategia nacional, que no solo vele por una buena y sana
alimentación de su pueblo, sino también porque estos fenómenos de las protestas
no sigan creciendo como un cáncer silencioso. Para nadie es un misterio
comprender, que el día que los campesinos del país se organicen pueden
paralizar el país, y literalmente, ponerlo a aguantar hambre.
Muchos países desarrollados,
como los Estados Unidos y la Comunidad Europea, subsidian su producción
agrícola porque han entendido que la producción de alimentos es un asunto
estratégico y un tema de seguridad nacional, pues de llegar a enfrentarse con
otros países, o sufrir algún tipo de bloqueo económico, no podrían garantizar
la alimentación a sus habitantes y por lo tanto, tienen la obligación de
garantizar su propia comida. Adicionalmente, estos subsidios constituyen un
mecanismo de apalancamiento para mejorar la productividad y competitividad de
sus agricultores. En Colombia por el
contrario, tal como lo vivimos hoy,
tenemos que esperar tiempos de verdadera
crisis de los agricultores, para que se levanten en paro, taponen carreteras y
alcen su voz de protesta, para que el gobierno deje de verlos con indiferencia.
Justamente, es en esos momentos, cuando los tildan de plebe o subversivos; pero
cuando estamos en épocas preelectorales, llegan volando, cual plaga de
langostas, cientos de politiqueros de todos los colores, azules, rojos o
verdes, a cuanta vereda puedan, para llamarlos ciudadanos, ofrecerle solución a
todos sus problemas y hablarles de igualdad. ¡Mentirosos!
¿Cuál prosperidad? ¡Se
preguntaría el maestro Confucio!
A medida que avanzan los
diálogos en la Habana, independientemente de sus resultados (rogamos para que
vuelva la paz al país), es necesario que todos entendamos que el campesinado
(incluyendo los grupos indígenas), sea visto como lo que es y representa. Una
fuerza viva del estado, sin la cual el país no puede prosperar, pues si no hay
alimento, no hay vida.
Una forma de que el
campesino sienta la presencia del estado, que impacte positivamente sus vidas
es arreglando las vías terciarias, llevando más centros de salud a la
ruralidad, mejor educación, subsidiar las comunicaciones de estas gentes
(Internet, TV, teléfono, etc.), darles algo de entretenimiento familiar,
facilitarles el transporte rural y por supuesto apoyar su esfuerzo para
cultivar la tierra y garantizarles un precio
justo a la hora de vender sus cosechas. Cualquiera que hable y escuche
atentamente a un campesino, entenderá que ellos no tienen acceso a capital de
trabajo y mucho menos a capital de inversión.
No hay una banca de desarrollo que les financie con amplitud, y en
condiciones adecuadas todo lo que se requiere en el campo para incorporar
maquinaria, equipos de riego, semilla, tecnología, invernaderos, abonos, etc.,
y cada día los insumos agropecuarios se hacen más costosos alejando las
posibilidades de nuestros agricultores de tener una buena cosecha.
El afán de los últimos
gobiernos por firmar tratados de libre comercio (TLCs), sugiere que los
campesinos deban sustituir la producción orientada a la seguridad alimentaria
local, por una producción para la exportación. Esta política debe ser revisada
con lupa y con un sano criterio, pues si no se atienden las necesidades primarias
de nuestra ruralidad en lo básico, ¿cómo pretende el gobierno cumplir con
cuotas de exportación en los innumerables TLCs ya firmados?
¿Por qué no aprender del
pasado? Sabemos que la apertura económica del ex-presidente Gaviria, acabó y
lesionó parcialmente nuestra producción nacional. Apenas entrando en vigencia
los TLCs ya estamos viendo cómo se
importan alimentos que tradicionalmente hemos producido aquí, con consecuencias
nefastas para nuestros conciudadanos. La balanza de esos tratados es a todas
luces de desventaja, pues generan más pobreza. No puedo dejar de mencionarlo,
pero además de alimentos se abrieron mercados para acabar con otras industrias
nacionales como el calzado por ejemplo. ¿Esa es la prosperidad que quiere
Santos para todos? Y mientras tanto, solo prosperan los corruptos.

Comentarios