Quizás suene apocalíptico o
pesimista, pero la verdad es que el campo Colombiano más temprano que tarde va
a quedar más desolado de lo que actualmente se encuentra.
La mayoría de estudios y
censos que hacen los entes encargados de cada país en particular, con respecto
a cómo vienen creciendo las ciudades en número de habitantes, reflejan unas
estadísticas alarmantes, pues marcan una creciente y constante migración
campesina en busca de mejores oportunidades de vida, dejando una huella triste,
cruel y desoladora de nuestros campos.
Que hacer para superar este
dilema y crear condiciones favorables de vida a los campesinos?
Por qué que nunca los hemos
mirado con el respeto que se merecen?
Por qué sabiendo que
subsistimos por lo que ellos siembran, los ignoramos?
Cuál es la razón para que
estas personas sumisas, de gran corazón, valientes trabajadores, aguantadores,
humildes y que viven casi en la miseria no sean tenidas en cuenta?
En nuestro país, hemos
reconocido al conflicto armado como el mayor o único culpable directo y de
mayor incidencia en este fenómeno; el cual, dadas sus particulares
características, además de poner al pobre campesino contra la espada y la
pared, lo empuja a tomar esta difícil decisión. Pues por un lado, las fuerzas
de derecha los tildan de izquierdistas o auxiliadores de la guerrilla y por
otro lado, los guerrilleros los tratan de paramilitares o colaboradores del ejército,
y como si fuera poco, los grupos de narcotraficantes aprovechan su tambaleante
situación, para esclavizarlos por un pírrico salario a trabajar en cultivos
ilícitos, como raspachines o cocineros (procesadores de alcaloides).
En otras palabras,
cualquiera de los actores del conflicto al margen de la ley, los puede matar y
terminar en una fosa común sin quien los reclame. Si no es por esta razón,
entonces son susceptibles de ir a parar en una cárcel por el trabajo ilícito
que desarrollan con dichos cultivos o por enfilar alguno de los grupos armados
ilegales, o como última alternativa deben salir de su terruño y tomar la difícil decisión de migrar a la ciudad.
Ante esta baraja de nefastas posibilidades, la mayoría decide esta última
opción; de todas maneras cualquiera sea el resultado, siempre salen perdiendo.
Así que con este discurso
tenemos justificación política y social para aceptar a regañadientes semejante
despropósito social. Sin embargo, lamentablemente no es solo el conflicto
bélico que se vive en nuestros campos, el único causante de este
desplazamiento, pues el hambre, la falta de condiciones dignas para vivir, la
pésima estructura vial rural, la carencia casi absoluta de posibilidades de
educación primaria, media o técnica en el sector, son entre otros muchos
factores, lo que hace que los niños y principalmente nuestros jóvenes
campesinos migren a la ciudad en busca de mejores oportunidades, desconociendo
las infinitas penalidades que tendrán que soportar. En medio de toda esta
odisea que los persigue y los agobia, paulatinamente estamos llegando a un
resultado previsible y es que nos estamos quedando sin campesinos, mientras las
ciudades crecen demográficamente en una relación desproporcionada,
incrementando desme-didamente su población y por ende bajando la calidad de
vida que pueda brindarle a sus habitantes.
Es curioso, pero
irónicamente se están dando dos condiciones opuestas y antagónicas de una misma
problemática social, como es la provisión de alimentos agrícolas hacia las
comunidades más grandes, concentradas y hacinadas en ciudades que aumentan
vertiginosamente día tras día. Para finales de 2016 de acuerdo con la ONU, el índice
de desplazados en Colombia se estima en 6.900.000 casos, lo que le da el
vergonzoso primer puesto en el mundo, por encima de Siria e Irak.
No creo que la solución a
esta casi centenaria problemática nacional sea a través de paros agrícolas o
cualquier otra vía de hecho. Invito a proponer cambios sustanciales que
permitan darle un giro positivo a la vida de estas comunidades, elaborando propuestas
concretas y viables, que nos posibiliten frenar de alguna forma este
desplazamiento obligado e involuntario. Aprovechar la firma de la paz, puede
ser una estrategia nacional donde no solo gobierno y guerrilla se expresen,
sino también que la misma comunidad
campesina e indígena y la sociedad en general participen. Tenemos que volver a
"sembrar campesinos", es mi consigna y es un deber gubernamental para
asegurar no vivir un desabastecimiento futuro que nos obligue a importar más
alimentos.

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