UNA SOCIEDAD SIN CORAZÓN, SE HUNDE

En general, vivimos en una sociedad desigual, inmoral, sin ética, inequitativa y anárquica, que argumenta razones legales sobre la base de la constitución política de la nación y leguleyadas como el libre desarrollo de la personalidad, la igualdad de género, la libertad de expresión, los derechos humanos y una sarta de cosas similares, que pretenden complacer a las minorías del mundo, dejando a la deriva nuestra propia identidad cultural y acabando los principios y los valores que en otrora, tuvimos y nos permitieron vivir armoniosamente en comunidad.

Al igual que los barcos, que no tienen una ruta definida, que no tienen un capitán que lo lidere y que navegan sin rumbo determinado hasta naufragar, así ha de sucederle a este mundo, que cual Titanic, va a la deriva, que pareciera que ya ni siquiera navega, sino que flota en la turbiedad de sus propias decisiones incoherentes, extravagantes que se convirtieron en una “carga pesada” que amenaza peligrosamente con hundirlo. Pero la razón de este lamentable estado, no la vamos a encontrar buscando culpables, hasta que no seamos capaces de reconocer que la causa de todo esto yace en nosotros mismos. Es cierto que tenemos malos dirigentes y un sin número de personajes nefastos que abusan, roban, desfalcan y perjudican a millones de conciudadanos con su actuar, y que reconocemos y señalamos como corruptos. Pero quizás, y lo digo con todo respeto, si usted no es parte de ellos, algún día podría llegar a serlo y probablemente se comportará igual.
Y ¿Sabe por qué?
Porque ese mal llamado corrupción, es una enfermedad mundial y prácticamente todos los individuos la tienen o están predispuestos a padecerla (no la justifico). La palabra corrupto viene del latín y hace referencia a la persona que se ha dejado corromper, depravar, envilecer, enviciar, degenerar, sobornar o cohechar. Lo que estoy tratando de decir, es que la solución para acabar con ella, la tenemos cada uno de nosotros. Y como en cualquier tejido biológico, la enfermedad comienza en una célula y se va extendiendo por un tejido, luego el órgano, hasta invadir todo el cuerpo, exactamente sucede con la humanidad, primero se manifiesta en usted como individuo, luego contagia la familia, después a la sociedad y hoy, podemos ver el mundo entero contaminado por el mismo mal.

Paradójicamente, aunque vivamos culpando a los demás por esta pandemia de la corrupción, hay que reconocer que el mal nace, o se origina, en cada corazón. Un corazón que se alejó cada vez más de la fuente que lo creó, un corazón que se siente auto-suficiente en todo el sentido de la palabra y que rechaza cualquier intervención sobrenatural para sanarlo, es un corazón sin remedio. Amigo, permítame recordarle que la conexión espiritual que teníamos con el Padre, lastimosamente se rompió hace muchos años, precisamente por nuestra rebeldía, nuestra soberbia y nuestra autosuficiencia; pero, sobre todo, por nuestra desobediencia a sus mandatos y ordenanzas. ¡Ahí está el verdadero problema!

Podemos fortalecer las leyes, aumentar la capacidad de las autoridades, hacer más cárceles y un sinfín de mecanismos jurídicos y/o policivos, pero nada nos ganaremos, pues el mal sigue allí sembrado en cada uno de nosotros y la única manera de desarraigarlo es abriendo nuestro corazón a Jesucristo, quien vino justamente a eso, a enseñarnos a convivir, a que nos amemos, a que nos ayudemos mutuamente, a servir a los demás y a que entendamos que si dependemos de Dios, todos, absolutamente todos, tendremos la oportunidad de ir con un rumbo claro a un destino lleno de esperanza y guiado por un capitán sin igual, que no dejará que el barco zozobre hasta llevarnos a puerto seguro. El subirse y permanecer en esa nueva arca depende exclusivamente de usted; de lo contrario se arriesga a continuar flotando en el barco del mundo, cuya carga solo lleva miseria e irremediablemente su peso lo va a hundir.

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